La crisis del desempleo juvenil en España: Lo que nadie te dirá

Los jóvenes y los no tan jóvenes de ahora conforman la generación más preparada de la historia, pero de poco sirven sus licenciaturas, grados académicos, posgrados, cursos o hablar 5 idiomas en un país en el que las políticas públicas no les han beneficiado en los últimos años. Y aunque esta no es una realidad exclusiva de España, el patrón se repite en la mayoría de los países de Latinoamérica como México, pero este país europeo en particular presenta una tasa del 40% de desempleo juvenil, más del doble que la media de toda la zona de la Unión Europea.

La mayoría de mis conocidos (españoles y latinoamericanos) tienen entre 25 y 30 años y prácticamente todos están en paro –sin empleo–, muchos o casi todos están desesperados porque no encuentran nada y si consiguen son contratos temporales de camareros en cafeterías o restaurantes, como autónomos de repartidores de comida, paseando perros o cuidando adultos mayores, de comerciales a puerta fría, en la calle captando socios para organizaciones no gubernamentales (ONGs) o de tele operadores en los famosos call centers donde el ambiente es un completo asco y en un par de meses terminan reventados.

Muchos se han visto obligados a vivir en otros países donde los recibieron con los brazos abiertos. Emigran y salen de su tierra pensando que con su preparación tendrán una mejor oportunidad o calidad de vida, pero al menos aquí en España se enfrentan con una cruda realidad de precariedad laboral o explotación por salarios miserables que apenas les da para comer y medio vivir en un piso o departamento compartido con otros que, como ellos, están en la misma situación. No hay nadie que les diga detente o piénsatelo bien antes de venir a estudiar un master y buscar trabajo para quedarte.

Hablaré muy particularmente de una realidad que conozco y he vivido de cerca, así evitaremos especular, alarmar y sobre todo frustrar los sueños de muchos jóvenes con deseos de superación. No es malo emigrar, lo malo es emigrar sin conciencia o con desconocimiento de la situación. Cuando he buscado empleo, cada vez que leía en una oferta de trabajo: “Se ofrece contrato laboral” –como si fuese un plus–, me reafirmo en que en este país tenemos un problema muy grave con el mercado de trabajo, ya que un contrato es la garantía mínima al que un empleado pueda tener acceso.

“Si no lo quieres tú ya lo querrá otro, y ahí en la puerta tengo un montón de gente buscando lo que sea” o “tengo muchos currículos en mi escritorio y puedo encontrar rápido quien haga tu trabajo”. Así funciona la mayoría de las mentes de un empresaurio miserable y mezquino que desde su perspectiva lo único que le interesa es sacar tajada y pagar lo menos posible. Otra de mis frases preferidas con las que me he topado es: “Con alta en la seguridad social”, como si lo normal fuera estafar al trabajador y al sistema de gobierno, y como si trabajar en negro –de manera ilegal– en un país de primer mundo fuera lo normal y lo aceptable, que al final de cuentas con esas “garantías” es a lo que el sistema te obliga.

Últimamente me he cuestionado cuánto falta para que ya no quede nadie en el planeta de esa generación que piensa que hacer bien tu trabajo es trabajar más horas, no dormir, no tener vacaciones, vivir estresado y “trabajar bajo presión”, pero todo indica a que es una realidad que va para largo. Volviendo al tema de las ofertas laborales veo trabajos que piden: saber manejar la presión y el estrés, y pienso: ¿Y por qué no mejor aprendes tú a manejar que la gente a tu cargo no tenga que vivir presionada? quizá obtengan en el camino mejores resultados y mejores beneficios para su empresa, que evidentemente se verán reflejados en una buena calidad de vida y salud mental para el empleador y el empleado.

En mi caso particular, yo siempre digo que sí sé trabajar bajo presión, pero porque es la verdad: Vengo de una de las ciudades consideradas más violentas del mundo, llegué a documentar 15 homicidios al día y trabajaba en salas de redacción bajo mucho estrés. Pero eso solo lleva a terapia por ansiedad y depresión, no debería ser una cualidad curricular. En este país tenemos el concepto de que el empleador hace un favor al empleado por contratarle. Que la empresa contrata porque necesita un trabajo hecho, que cuando no se hace de manera correcta siempre es el mismo el que lo paga, pero a ello se suma –además– otras tantas cosas que solemos decidir ignorarlas para conservar el empleo.

Otro ejemplo muy común son las empresas que aprovechan el sistema de prácticas universitarias sin remunerar. “Prácticas no remuneradas. ¿Qué te ofrecemos? La oportunidad de trabajar en un equipo joven e innovador donde podrás aprender… y bla bla bla”. Ojalá la realidad fuera esa y no la explotación disfrazada. Lo peor es que aquí nos quejamos mucho de estas cosas, pero nadie es capaz de pedir por sus derechos, al final todos entran por todo y calladitos. A veces por ser tu primera oportunidad, esa que te la pintan súper bonita y entras con toda la ilusión del mundo.

Cuando trabajaba en la hostelería y la dueña del restaurante me decía, cuando me quejaba de algo: “Oye, desagradecido, que te tengo asegurado 8 horas” o el típico “me sales muy caro al mes, deberías estar agradecido” mientras trabajaba mínimo 10h diarias, con un contrato de 20 semanales, sin festivos y descansando solo un día a la semana. Bendito el día en el que no me renovaron contrato y decidí ponerle una denuncia que se fue a juicio y el juez resolvió a mi favor. Si eres estudiante y quieres venir a continuar tu preparación en España u otro país de la Unión Europea, ten en cuenta que solo podrás trabajar media jornada y relacionado con lo que estés estudiando. O de lo contrario terminarás siendo explotado en un restaurante mexicano o latino más horas y eso afectará a tu rendimiento académico.

Esa es la realidad de muchos jóvenes, me atrevería a decir que la mayoría. Solo tienen un trabajo inestable y precario, un contrato por obra y servicio, contrato mercantil, de autónomo o peor aún sin contrato. Tendrán 300 euros en el banco y si bien les va, algo de comer en la nevera. Y eso que estamos hablando de los emancipados, porque la gran mayoría con esas condiciones no han podido salir de casa de sus padres. Y aunque la pandemia ocasionada por el Covid-19 nos vino a joder a todos por igual, los empresarios la tendrán más fácil que los trabajadores (si es que fueron inteligentes y supieron administrar sus finanzas mientras sus negocios estaban parados).

Otra gran mayoría terminarán cobrando un subsidio por desempleo o irán de trabajo en trabajo y con contratos que no durarán más de 3 meses. No sabrán lo que es firmar un contrato indefinido y lo de independizase lo verán como algo que pueda pasar en unos 2, 3, 5 años o más, con suerte. De comprarse un coche o adquirir una hipoteca, eso es un sueño muy muy lejano. Pero qué creen ¡Lo mismo le pasa a los no tan jóvenes! ¡A esos que ya le andamos pegando a los 40’s, no hay mucha diferencia estamos en las mismas! Bueno con más hastío, con la salud mental más jodida y la salud física un poco atrofiada. A todos esos jóvenes me gustaría decirles que estos lugares comunes donde su lema principal es “ponte la camiseta” o como –en mi caso– el periodismo “tiene que ser desgastante y matado” es solo una trampa que se lleva entre las patas tu salud mental y emocional. Que no lo permitan, y lo anterior solo es romantizar la precariedad laboral, debes defender tus derechos como trabajador.

No es malo tener primeras oportunidades, no es malo empezar de cero, no es malo reinventarse o hacer algo para lo que no estudiaste, mucho menos es malo emigrar para tener una mejor calidad de vida. Lo malo es aceptar condiciones deprimentes y emigrar sin conciencia. Y si alguien no te lo ha dicho me gustaría ser yo, desde mi posición de migrante: Por favor piénsatelo dos veces antes de aceptar un trabajo con condiciones precarias y valora si realmente vale la pena dejarlo todo por tal vez nada.

Publicado por Héctor Saavedra

Periodista independiente. Especializado en seguridad, narcotráfico, migración, victimas y corrupción.

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